Visita papa
El Papa, a las mafias de las “rutas de muerte” migratorias: “Deténganse, vuelvan mientras aún hay tiempo”
- Para León XIV, “cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana”
- Denuncia el “naufragio silencioso después de la llegada”
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El Papa quiso lanzar este viernes desde Canarias un mensaje “claro” a las mafias que organizan la “rutas de muerte” migratoria, a quienes urgió a “detenerse” y “volver mientras aún hay tiempo”.
Así lo aseveró durante su intervención en un encuentro con las realidades de integración de los migrantes que presidió en la Plaza del Cristo de La Laguna y en el que participaron más de mil personas de movimientos eclesiales y voluntarios y que contó con la presencia de la Red de Hospitalidad Atlántica.
El pontífice llegó a la plaza pasadas las 11.50 hora y fue recibido por cientos de personas, a las que se acercó a saludar y de quienes recibió varios obsequios. Su entrada estuvo acompañada por el himno ‘Alza la mirada’, cuyo autor, Pablo Cebrián, es de San Cristóbal de la Laguna y fue quien dirigió la interpretación.
En su discurso, León XIV quiso “dirigir una palabra clara” a quienes se “aprovechan de la desesperación, organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio”, a quienes ordenó: “deténganse, conviértanse”.
“Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro”, advirtió.
JUSTICIA DIVINA
En este punto, se mostró convencido de que “por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina”. “Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio. Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan”, exigió.
“Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión”, aseveró, convencido de que “la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana”.
A su juicio, “la última palabra pertenece a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado”. “Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos”, dijo, haciendo un guiño al lema de su viaje apostólico.
En este contexto, subrayó que “la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundaria o simple obra de filantropía” y señaló que integrar “no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria".
“Tampoco significa crear mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente. Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro”, abundó.
MISERICORDIA
A los migrantes, les urgió a “abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones” y afirmó que, “quien llegó como forastero puede reencontrar vínculos, reconstruir confianza y sentirse parte viva de una comunidad” una “forma preciosa de misericordia”.
Tras puntualizar que los migrantes no son “categorías jurídicas o problemas que administrar”, indicó que, “después de viajes difíciles y, en ocasiones, de varios intentos, buscan a alguien que les diga, con los gestos antes que con las palabras: tu vida no es un descarte, tu sufrimiento no es invisible, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas que has atravesado”.
“Pero buscan también algo más: una posibilidad concreta de recomenzar, de aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar encerrados para siempre en la condición de víctimas”, apostilló, al tiempo que dio las “gracias” a Cáritas diocesana, a la Delegación diocesana de Migraciones, a las parroquias y a “tantas realidades eclesiales y civiles que van más allá del primer auxilio y acompañan procesos de protección, promoción e integración”.
En paralelo, llamó a “dejarse evangelizar por ellos” y recordó que “el extranjero de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy”. A los católicos, quiso “pedirles algo más: que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea”. “Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona”, subrayó, consciente de que evangelizar “es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza”.
“Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres”, resumió, para, a continuación, destacar que “una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante esos cementerios del mar”.
FRACASO
Para León XIV, “cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana”. “No obstante, existe también un naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad”, agregó.
Asimismo, hizo hincapié en que “integrar es impedir ese segundo naufragio. Es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad”.
ACTO
El acto, introducido por el obispo de la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna, Eloy Santiago, incluyó también las intervenciones del párroco de La Restinga, Darwin Rivas, además de un joven senegalés acogido por la Fundación Canaria El Buen Samaritano que regaló una camiseta al pontífice, que le correspondió con el gesto del six seven; un joven marroquí acompañado por Fundación Don Bosco Salesianos y una mujer migrada colombiana, voluntaria de Cáritas y participante en la parroquia, que compartieron sus experiencias con León XIV.
Tras el discurso, el Papa rezó un padrenuestro y fue despedido con un canto tradicional peruano mientras salía de la plaza en un carrito de golf al grito de ‘papa León, te queremos un montón’. En su trayecto, bendijo a varios bebés y pudo escuchar una conversación en silbo gomero comunicando que “el Papa está aquí”, mientras el vehículo tomaba la Calle Viana en dirección al Obispado de Tenerife y él saludaba también a personas vulnerables acogidas en centros de Iglesia de la ciudad, incluidos personas mayores, en situación de pobreza y con discapacidad.
En el Palacio Salazar, León XIV tuvo unos minutos de descanso y, posteriormente, partió en coche hasta la Explanada Portuaria de Los Llanos, en Santa Cruz de Tenerife, donde presidirá una Eucaristía de despedida y de acción de gracias por el viaje apostólico.
(SERVIMEDIA)
12 Jun 2026
MJR/gja


