Medio ambiente
Las praderas milenarias no vuelven a crecer igual cuando se aran
- Según un estudio
El texto se ha copiado correctamente en el portapapeles
Cuando una pradera de 10.000 años de antigüedad se ara para plantar maíz o una sabana es engullida por un centro comercial, estas extensiones que alguna vez fueron cubiertas de hierba se parecen vagamente a cómo eran antes. Un creciente número de investigaciones sugiere que lo que regresa no es lo mismo que lo que se perdió, incluso décadas después. Ahora los científicos empiezan a comprender por qué.
Esta es la principal conclusión de un nuevo estudio internacional sobre pastizales en todo el mundo realizado por 33 investigadores, publicado este lunes en la revista ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’.
Los resultados son importantes porque las praderas son más que simples extensiones sin árboles. Para el ojo inexperto pueden parecer estériles, pero poseen extensas raíces subterráneas que reducen la escorrentía del agua, controlan la erosión y almacenan un tercio del carbono terrestre de la Tierra.
Las praderas proporcionan forraje para el ganado y hábitat para plantas y animales únicos, desde el bisonte americano y el ñu africano hasta la gran avutarda asiática. Cubren casi una cuarta parte de la superficie terrestre y, además, contribuyen al sustento de más de 1.000 millones de personas en todo el mundo.
Se consideran praderas una basta franja de 8.000 kilómetros que es la estepa euroasiática, que se extiende desde Hungría hasta China, así como las Grandes Llanuras de Norteamérica y la sabana africana.
DOS SIGLOS
Sin embargo, las antiguas praderas de todo el mundo se han convertido en los dos últimos siglos en gran medida en tierras de cultivo, plantaciones de árboles o se han urbanizado a medida que las ciudades se expanden.
En Brasil, por ejemplo, la sabana del Cerrado, rica en especies, pierde una superficie equivalente a la de Londres cada tres meses. Según un estudio, las sabanas de la India se redujeron de 100 millones de acres en 1880 a 60 millones de acres en 2010. Y en las praderas de Norteamérica, queda menos de la mitad de su superficie histórica. Al mismo tiempo, millones de hectáreas de tierras de cultivo son abandonadas en todo el mundo, lo que brinda una oportunidad para que surjan pastizales secundarios en su lugar.
Investigaciones previas realizadas por el autor principal del nuevo estudio, Ashish Nerlekar, investigador postdoctoral de la Universidad Estatal de Michigan (Estados Unidos), han demostrado que estos nuevos pastizales pueden tardar décadas en recuperar la biodiversidad de las antiguas praderas y que, incluso después de siglos de regeneración, ciertas especies de plantas siguen ausentes.
Para averiguar por qué los pastizales tardan tanto en recuperarse, Nerlekar y un equipo internacional de coautores analizaron datos de 742 especies de plantas procedentes de pastizales de seis continentes.
El estudio comparó pastizales antiguos que nunca habían sido arados ni convertidos en tierras de cultivo con parches de pastizales secundarios más jóvenes en diferentes etapas de regeneración.
DIFERENCIAS “CONSISTENTES”
Los investigadores descubrieron que, en realidad, la ubicación de los pastizales en el mapa no importaba. "Nuestro análisis indica que las diferencias entre los pastizales primarios y los secundarios son notablemente consistentes en todo el mundo", indica Lars Brudvig, también de la Universidad Estatal de Michigan.
Desde luego, la mezcla específica de especies que caracterizan, por ejemplo, la pradera de pastos altos de América del Norte -como el pasto varilla y el pasto azul grande- no es la misma mezcla de especies que vive en el Cerrado brasileño o en la sabana de África Oriental. Pero, en todo el mundo, los pastizales primarios y secundarios mostraron diferencias significativas en la forma en que crecían sus plantas.
Por ejemplo, cuando se ara un pastizal antiguo, las plantas que se pierden suelen ser perennes de larga vida con hojas resistentes y coriáceas, según descubrieron los investigadores. “Estas características les ayudan a afrontar situaciones estresantes como las sequías, ser devorados por herbívoros o sufrir incendios”, indica Brudvig.
Pero, según Nerlekar, muchas de estas especies autóctonas "también crecen muy lentamente y eso les impide competir en los pastizales que han quedado tras la destrucción".
En cambio, las nuevas plantas que vuelven a crecer a medida que se recupera el pastizal presentan características asociadas a un crecimiento más rápido y a una mayor capacidad para captar recursos.
El estudio revela que estas diferencias pueden persistir durante un tiempo extraordinariamente prolongado. En un caso, las plantas de los pastizales secundarios seguían siendo más altas que las de los bosques primarios incluso 300 años después.
(SERVIMEDIA)
24 Ago 2026
MGR/pai


