Salud y clima
La mortalidad por frío en Madrid descendió un 90% en 130 años, mientras el riesgo por calor se mantuvo
- Un estudio del CSIC analizó la evolución de la relación entre temperaturas y mortalidad del análisis de 1,9 millones de fallecimientos entre 1890 y 2019
El texto se ha copiado correctamente en el portapapeles
Un estudio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) muestra que las muertes asociadas al frío descendieron de forma drástica desde finales del siglo XIX, casi un 90%, mientras que el riesgo ligado al calor extremo "se ha mantenido relativamente estable" a lo largo del tiempo, comunicó este lunes esta entidad.
Los resultados, publicados en la revista 'Scientific Reports', revelan que la mortalidad asociada al frío experimentó un descenso "muy significativo" desde finales del siglo XIX. En concreto, las muertes atribuibles al frío extremo pasaron del 2,2% entre 1890 y 1899 al 0,3% entre 2010 y 2019, lo que supone "una reducción aproximada de siete veces". En el caso del frío moderado, el descenso fue "aún más acusado", al pasar del 10,8% al 1% en el mismo periodo, "una reducción cercana a diez veces".
“Este descenso fue especialmente evidente a lo largo del siglo XX. En las primeras décadas analizadas, la exposición al frío generaba efectos prolongados, con incrementos de mortalidad que podían extenderse durante varias semanas tras el episodio de frío. Sin embargo, en las décadas más recientes, estos efectos son más breves y de menor magnitud”, explicó la investigadora del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC y autora del estudio Dariya Ordanovich.
Desde finales del siglo XIX, el aumento de la temperatura media en Madrid (de unos 2,2 °C aproximadamente) ha reducido la frecuencia de días extremadamente fríos. No obstante, los investigadores subrayan que "el calentamiento global no explica por sí solo la reducción de los fallecimientos asociados al frío moderado".
Según el estudio, este descenso coincide también con mejoras en las condiciones de vida, como la expansión de las infraestructuras urbanas, la generalización de los sistemas de calefacción, los avances sanitarios y el aumento de la esperanza de vida.
“Precisamente, nuestro estudio analiza cómo ha variado la vulnerabilidad de la población a temperaturas no óptimas a lo largo de las profundas transformaciones demográficas, urbanas y climáticas registradas en Madrid”, señaló Diego Ramiro Fariñas, investigador del mismo instituto y coautor del trabajo.
EL IMPACTO DE LAS OLAS DE CALOR
El estudio muestra un patrón diferente en el caso de la mortalidad asociada a las altas temperaturas. Aunque los fallecimientos atribuibles al calor moderado disminuteron con el tiempo (con una reducción aproximada de tres veces en 130 años, al pasar del 1,8 % entre 1890 y 1899 al 0,6 % entre 2010 y 2019), los asociados al calor extremo apenas se redujeron. En concreto, estos últimos pasaron del 1,2 % al 0,8 % en el mismo periodo, lo que supone una reducción aproximada de una vez y media. Además, los datos muestran que la relación entre mortalidad y calor extremo se ha mantenido relativamente estable en torno al 1 % desde comienzos de los años 2000.
“A diferencia del frío, cuyos efectos pueden prolongarse hasta tres semanas, el calor presenta un impacto más inmediato, es decir, el incremento del riesgo se concentra en los primeros días tras la exposición”, añadió Ramiro. Para analizar esta relación, el estudio utilizó Modelos No Lineales de Retardo Distribuido (DLNM), una técnica estadística que permite examinar de forma simultánea la intensidad de la exposición térmica y el retraso temporal de sus efectos sobre la mortalidad. Este método permite calcular la llamada “temperatura de mínima mortalidad”, es decir, el umbral térmico en el que el riesgo de fallecimiento es más bajo. A partir de ese punto se puede estimar la fracción exacta de muertes atribuibles a temperaturas no óptimas.
Al aplicar este modelo a diferentes décadas de forma independiente a lo largo de 130 años, los investigadores pudieron reconstruir cómo ha evolucionado la vulnerabilidad térmica de la población madrileña. Los resultados muestran que el calor extremo provoca "incrementos de mortalidad prácticamente inmediatos, mientras que los efectos del frío se prolongan durante varias semanas".
CAMBIO CLIMÁTICO Y ENVEJECIMIENTO
Durante el periodo analizado, Madrid experimentó "profundas transformaciones demográficas y climáticas". La ciudad pasó de contar con unos 470.000 habitantes a finales del siglo XIX a superar actualmente los 3,5 millones. Este crecimiento se ha visto acompañado además de un progresivo envejecimiento de la población. En la actualidad, alrededor del 20% de los habitantes de la capital tiene más de 65 años, detalla el estudio. “Las personas mayores de 60 años han sido históricamente más vulnerables tanto al frío como al calor y, por tanto, el progresivo envejecimiento de la población madrileña constituye un factor clave para interpretar la persistencia del riesgo asociado al calor extremo observada en el estudio”, indicó Ordanovich.
La evolución demográfica se produce además en un contexto de cambio climático. La temperatura media anual en Madrid ha aumentado más de 2 °C desde finales del siglo XIX, mientras que la frecuencia de días extremadamente fríos ha disminuido y el calor estival se ha intensificado, especialmente desde la década de 1980, según el estudio.
Según concluye el estudio, la adaptación a largo plazo a las temperaturas está influida por múltiples factores climáticos, demográficos, socioeconómicos y tecnológicos. “Aunque la ciudad ha reducido notablemente su vulnerabilidad al frío, se mantiene el riesgo asociado al calor extremo en un contexto de envejecimiento poblacional y mayor frecuencia de olas de calor, lo que refuerza la necesidad de mantener y adaptar las estrategias de prevención dirigidas a los grupos más vulnerables”, concluyeron los investigadores.
(SERVIMEDIA)
09 Mar 2026
EDU/gja


