Pediatras

Los pediatras reclaman que las aulas se adapten al cambio climático para hacer frente al calor extremo

MADRID
SERVIMEDIA

El Comité de Salud Medioambiental (CSM) de la Asociación Española de Pediatría (AEP) reclamó este jueves que los centros educativos se adapten al cambio climático y se conviertan en espacios seguros, saludables y resilientes frente a un riesgo ambiental creciente como el calor extremo.

Según informó la AEP, el aumento sostenido de las temperaturas y la mayor frecuencia de episodios de calor extremo obligan a replantear el entorno escolar desde una perspectiva de salud infantil.

En este sentido, el coordinador del CSM-AEP, el doctor Juan Antonio Ortega, advirtió de que “el calor en las aulas y patios escolares no es solo una cuestión de confort, sino un problema de salud pública infantil, ya no puede tratarse como una simple incomodidad ni como un problema menor de final de curso”.

“Cuando un aula supera los 26-27 °C, la evidencia nos dice que empieza a deteriorarse el bienestar, la concentración y el aprendizaje; y cuando se alcanzan temperaturas superiores, entramos en un escenario de riesgo sanitario prevenible. La infancia no puede seguir siendo el termómetro pasivo del cambio climático”, remarcó.

De hecho, explicaron los pediatras, niños y adolescentes son especialmente vulnerables a las altas temperaturas. Su sistema de termorregulación todavía está en desarrollo, presentan una mayor superficie corporal relativa y una respuesta fisiológica menos eficiente frente al calor, lo que favorece la deshidratación, la fatiga, el agotamiento térmico o el golpe de calor. Además, dependen en gran medida de los adultos para hidratarse, reconocer el riesgo y protegerse adecuadamente.

EL CALOR EN EL APRENDIZAJE

La evidencia científica muestra que las altas temperaturas empeoran la atención, la memoria y la capacidad de concentración, además de incrementar la somnolencia, la irritabilidad y el cansancio.

A partir de los 26-27 °C, el confort térmico comienza a deteriorarse y ya se observan efectos negativos sobre el rendimiento, como la disminución de la concentración, los errores en tareas cognitivas, la fatiga y la somnolencia.

Por encima de los 30 °C, el ambiente deja de ser adecuado para el aprendizaje, y superar los 32-33 °C supone un riesgo para la salud de la población vulnerable, como son los niños y adolescentes.

Diversos estudios constataron que por cada descenso de 1 °C en aulas situadas entre los 20 y 25 °C se produce un incremento del 10% en las respuestas correctas en matemáticas, mientras que los estudiantes que se sienten térmicamente cómodos logran hasta un 4% más de aciertos.

AUMENTO DE LA TEMPERATURA

En sentido contrario, por cada grado de aumento de temperatura, los resultados académicos caen un 0,4%. Especialmente preocupante es el impacto del calor extremo: en aulas sin climatización adecuada, la probabilidad de suspenso aumenta un 12,3 %.

A ello se suma la calidad del aire interior. Los pediatras del CSM recordaron que temperatura y ventilación forman parte del mismo problema ambiental. Niveles de dióxido de carbono (CO2) superiores a 1 400 ppm se asocian a una reducción del 10% en la memoria visual y aumentos de apenas 200 ppm pueden traducirse en la pérdida acumulada del equivalente a un día lectivo por alumno y año.

Como advirtió el doctor Ortega, “no necesitamos esperar a los 30, 32 o 35 °C para actuar. En infancia debe aplicarse el principio de precaución: a partir de 26-27 °C ya deben activarse medidas de adaptación, reorganización de actividades, ventilación, sombra, hidratación y, si no se garantizan condiciones seguras, reubicación o suspensión de la actividad lectiva. Esperar al golpe de calor es llegar tarde”.

La Organización Mundial de la Salud y el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo sitúan el rango óptimo para actividades sedentarias, como el estudio, entre los 20 °C y los 24 °C, lo que evidencia que muchas aulas superan con frecuencia los umbrales recomendados.

REFUGIOS CLIMÁTICOS

De hecho, continuó el doctor Ortega, “las escuelas deben ser también refugios climáticos y entornos protectores para la infancia”, señala el doctor Ortega. “La adaptación climática de los centros educativos no es una medida de confort ni un lujo arquitectónico, sino una inversión en salud infantil, aprendizaje y equidad”.

El CSM-AEP recomendó una estrategia integral de adaptación climática en las escuelas que combine soluciones arquitectónicas, ambientales y organizativas.

Entre las medidas prioritarias se destacarían la mejora de la ventilación natural y cruzada, la monitorización de la temperatura, la humedad y la calidad del aire, la creación de sombra y arbolado en patios, la incorporación de soluciones basadas en la naturaleza y el uso de infraestructuras y sistemas energéticamente eficientes.

También se aconseja garantizar el acceso al agua y favorecer hábitos de hidratación frecuentes, así como reorganizar determinadas actividades físicas o al aire libre en función de las condiciones ambientales.

(SERVIMEDIA)
04 Jun 2026
ABG/clc